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Foto de la plaza mayor de Madrid con círculo rojo y dentro foto de un bocadillo de calamares

¿Por qué es típico el bocadillo de calamares de Madrid si no tiene mar?

Uno de los platos más típicos de la gastronomía madrileña es el bocadillo de calamares, pero ¿cómo es que un plato de pescado es tan típico si Madrid no tiene mar?

El  bocadillo de calamares es uno de esos platos o bocados imprescindibles si vives o visitas Madrid. La ciudad está repleta de bares y restaurantes en los que el bocadillo de calamares está presente. ¿Pero conocemos su origen?. 

Es innegable que resulta del todo sorprendente el que un plato cuya base es un pescado: el calamar, sea algo tan y tan típico de una zona que no tiene mar. Por eso preguntamos ¿Cómo es que el 'bocata de calamares' ha llegado a ser seña de identidad madrileña?. Te lo contamos a continuación.

¿Por qué es típico el bocadillo de calamares de Madrid si no tiene mar?

Foto plaza mayor de madrid desenfocada y delante bocadillo de calamares
Bocadillo de calamares de Bar Postas | photocluster, @barpostas

Varias son las versiones que argumentan cómo es que el bocadillo de calamares llegó a ser algo tan típico de Madrid si no tiene mar. Sin embargo, la que parece más feaciente tiene que ver con el transporte del pescado a la capital siglos atrás.

Según aparece en el libro ‘Cocinando la Historia. Curiosidades gastronómicas de Madrid’ de José María Escudero Ramos, el pescado se llevaba en mulas de Galicia a Madrid  ya en el siglo XVI.  Por lo visto, estas mulas eran guiadas por arrieros maragatos, que aprovechaban las pozas de hielo del camino para conservarlo.

Sin embargo no siempre llegaba en buen estado por lo que también de ahí surgió la tradición de poner hielo al pescado. O también la del famoso entierro de la sardina de Cuaresma.

Ya en el siglo XVIII, las postas lograban que el pescado y el marisco llegaran a Madrid en cuatro días. Y luego ya en el XIX, todo mejoró con la llegada del tren, de modo que el pescado llegaba en perfecto estado.

La influencia andaluza

De este modo, Madrid podía disfrutar de buen pescado, pero ¿cómo es que el calamar se convirtió en el rey indiscutible?. Por lo visto esto tiene que ver con la influencia de la cocina andaluza en Madrid en la que el calamar siempre se servía rebozado.

De este modo, cuando en el siglo XIX  Madrid se llenó de  tabernas y colmaos flamencos, que ofrecían vinos generosos y pescaíto frito. El bocadillo de calamares se convirtió en una forma de disfrutar de este plato, que se podía comer de pie y con las manos, sin necesidad de cubiertos.

Otras teorías sobre el origen del bocadillo de calamares

Otra posible explicación es que el bocadillo de calamares se relaciona con la  tradición católica, que prohibía comer carne en determinadas épocas del año, como la Cuaresma o el Viernes Santo. En esos días, el pescado era el sustituto de la carne, y los calamares eran una opción fácil y barata, que se podían conservar mejor que otros pescados. Además, al ponerlos en pan, se conseguía un plato más saciante y nutritivo, que ayudaba a sobrellevar el ayuno.

También hay quien atribuye el origen a la llegada de parte de la corte de Fernando II de Aragón a Madrid, donde residía la corte de Isabel I de Castilla. Según esta leyenda, los aragoneses traían consigo productos del mar Mediterráneo, como los calamares, que eran desconocidos para los madrileños. Estos, al probarlos, quedaron encantados con su sabor y los adoptaron como parte de su gastronomía, poniéndolos en pan para hacerlos más apetecibles.

Sea cual sea la verdadera historia del bocadillo de calamares, lo cierto es que ha trascendido tiempo y espacio hasta convertirse en un referente de la cultura madrileña. Hoy en día, es difícil imaginar una visita a Madrid sin probar este bocadillo, que se puede degustar en locales históricos como el Bar Postas. O también en la  Cervecería Sol Mayor o la Casa María.

 Y también: 

Sea como sea, el bocadillo de calamares es una delicia que gusta a todos, y que demuestra que Madrid es una ciudad que sabe adaptarse y reinventarse, sin perder su esencia.